jueves, 1 de enero de 2009

Memorias


Recuerdo a Ernesto Lozano, adolescente aún y siendo alumno de la escuela militar Camilo Cienfuegos, conocida en Cuba como “Los Camilitos” sin embargo, su presencia en los espacios de la ciudad, destinados a fomentar la cultura nos hablaba de un estudiante con notable capacidad histriónica. Holguín, en aquel momento vino a ser la plaza que compartíamos fuera de los límites de la Escuela de Arte, la Biblioteca Municipal, El Taller Literario, el Instituto del Libro y el Museo de la Ciudad, este último un centro en el cual me tocó trabajar por muchos años y a donde Ernesto se apareció una tarde con su cámara Zenith de fabricación rusa, para fotografiar unos cuadros de gran formato que yo había realizado fuera de la jornada laboral. En aquel salón, contiguo al edificio, que me permitían usar como taller, vi a Ernesto manejar con destreza la fotografía, un arte, en aquel momento, limitado por los reducidos recursos de la Isla.


Si bién no tenía referencia alguna de que el joven Ernesto proviniera de una Escuela de Pintura, descubrí más tarde que era un testigo presencial de las más atrevidas acciones en la plástica holguinera, ya a finales de la década de los 70: Me refiero las manifestaciones artísticas proyectadas con audacia por esta generación: eventos literarios, reuniones para escuchar música Pop, y en el ámbito de la plástica, revelado por la creación de objetos de colores con gran luminosidad, en el caso de las pinturas de Raúl Garcés. Pienso que este entorno, saturado de inquietudes juveniles y contradicciones estéticas, vienen a ser en gran medida, claves escenciales que han motivado la evolución de su práctica artística posterior.

Ernesto Lozano nos revela un punto de partida visible, ya en la década de los ochenta vinculado al oficio y el buen manejo de los elementos plásticos aplicados al diseño y a la ambientación, que en este caso, se convierte en un recorrido favorable, tratándose de un autodidacta disciplinado con una fuerte carga expresiva.

Sin duda Lozano pertenece a una generación de transito dentro del panorama visual insular porque no es ajeno a la tendencia generalizada en la década de los noventa, expresando sus inquietudes mediante una explícita crítica social relacionada con el proceso político en la Isla. Como es el tema del exilio y los balseros y el caso de la disidencia de Alina Fernández, la hija incómoda de Fidel Castro.

Pero su obra no se libera del objeto. Lejos de perder terreno en el ámbito de lo reconocible, configura un sistema para la comunicación inmediata, selecciona los elementos, como lo hace el lente de una cámara, agregando valores expresivos. Siente el júbilo de las versiones, las mutaciones de planos enfocados por yuxtaposición o por analogías subyacentes, todas en torno al icono elegido.


Ernesto Lozano, presupone una dependencia representativa con respecto a las iconografías, conocidas o traídas de la vivencia personal a través de su cámara. El quisiera atrapar como en la fotografía los momentos escenciales. Sustenta una férrea apoyatura en la narración, propia de los diseños de marketing pero con una metodología funcional y de factura que lo magnifica en tanto utiliza soportes tradicionales de la pintura de caballete.


Si recorremos la ya basta exposición que parte desde México y se instala en Francia, los Estados Unidos, mas tarde en la Bienal de Florencia, y a últimas fechas en Portugal, descubrimos que la pintura de Lozano es transgresora y a ratos apologética a la hora de manipular una imagen, libre de compromisos ideológicos o religiosos nos muestra un retrato de el Che Guevara convertido en un Sagrado Corazón, el rostro de la Madre Teresa de Calcuta, bañada por velos monocromáticos a la manera de las Marylin de Warhol, San Sebastián como símbolo del martirio es también un paradigma de la sexualidad gay. Varios exponentes del arte popular mexicano son magnificados por nuevas iluminaciones que nos hablan de un artista que ha tenido la capacidad de asombro frente al esplendor de las culturas mesoamericanas, de su vida en México, donde ésta huella gigantesca tiene la particularidad de que no solamente se ve tras los aparadores de los museos, sino que esta viva y andando y ella misma viéndose.

Entonces estamos hablando de un artista que a expandido su mirada con profundidad hacia pasadas tendencias sin ignorar su entorno, las confrontaciones contemporáneas. Asimila y descarta. Evoluciona. Busca nuevas estrategias que lo conducen a la autenticidad. De este proceso emergen particularidades que median una sana distancia con la obra de Warhol, o de Evelyne Axell. Afortunadamente los contactos se dan por esa manera de abordar la imagen, que inserta para enriquecer con ingredientes aislados a los que imprime una factura personal y disciplinada. Nos entrega su propia visión del Arte-Pop dentro de un entorno socio-cultural donde la posmodernidad permite la reconciliación con todas las tendencias de las artes visuales. Esperamos la expansión futura de la obra de Lozano, jubilosa y vital dentro y fuera del objeto, abarcando dimensiones desprejuiciadas, porque Ernesto es así, un artista cuyas acciones han proporcionado un espacio contextual legitimizador que confiere a su obra un contenido que emana de sus actitudes armónicas tanto en lo público como en lo privado.



Armando Gómez Peña 1941. Artista plástico, estudió museología y restauración de obras de arte. Ha realizado curaduría de varias exposiciones en Cuba y el extranjero.

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