jueves, 1 de enero de 2009

Ernesto y sus sueños.

Apenas era un adolescente de diez años cuando sintió en sus manos la calidez del barro. Una mañana de verano, sin decirle a nadie sus intenciones fue a un taller de Artes Plásticas. Allí modeló imágenes salidas de sus sueños.

Tal vez el colibrí para otros no fuera un colibrí pero él lo vio volar, remontarse hasta el cielo y perderse entre las nubes, igual pasó con el dragón, cuando ya casi estaba terminado dio un salto y no supo en donde se escondió. Un día Ernesto llegó feliz a su casa traía dentro de la bolsa que cargaba en la espalda unas cuantas figuras de barro. Su madre lo esperaba impaciente, lo abrazó y llevó hasta su cuarto, allí sobre su cama vio unos trajes para niños militares, se asustó de manera horrible ante aquellas ropas. La Escuela Militar Camilo Cienfuegos sería el sitio en donde continuaría los estudios. Atrás quedaban los sueños, pero no lloraría por los rincones, él era un hombre y aguantaría la imposición, Ernesto tuvo que acostumbrarse a los métodos de enseñanzas de la nueva escuela, no tenía tiempo para leer libros de arte. La vida militar era rígida, agobiante..


Una vez al mes tenía permiso para visitar a la familia, que lo recibía con los mejores halagos. Cuando estaba a solas en su cuarto, comenzaba a bocetar sobre las hojas de sus libretas de estudiante algunas ideas que durante días había acariciado- este era su secreto.
Un día de permiso se fue a caminar por la ciudad, y decidió visitar a un amigo de la primaria que también sentía inclinación por las Artes Plásticas. Al lado de su amigo pasó las horas sin sentirlas: buena música, agradable conversación, además bebieron unas cuantas tazas de te negro. Su amigo lo puso al tanto de todos los pormenores ocurridos en la ciudad, el último chisme trivial, la conversación intelectual que había tenido con el escritor de moda que lo había visitado. Ya se disponía a irse cuando llegó un joven: hermoso, alto, delgado, nariz fina, ojos verdes, pelo pintado de verde cenizo, ropa demasiado moderna. Entonces el joven con mucho desenvolviendo se le acercó, hizo un gesto con la cabeza y le dijo que se llamaba Raúl. Ernesto le respondió: yo soy Ernesto. La presencia de Raúl lo atormentó y con mucha elegancia abandonó la casa de su amigo.
Regresó a la Escuela Militar con un propósito, aplicar sus conocimientos de pintura en la primera oportunidad que se le presentara. Un día comenzó a pintar todas las propagandas de la escuela, ponía mucho entusiasmo en ello y recibió felicitaciones de la dirección . Ganó un permiso por su buen rendimiento escolar, y tuvo la oportunidad de visitar a su amigo intelectual, de nuevo se encontró al joven que conociera en la visita anterior,... este al verlo lo saludó con entusiasmo. Pasó una tarde alegre al lado de su amigo y el joven extravagante. Tuvo una conversación más precisa con el joven bonito, supo que era pintor y quedaron en encontrarse al otro día en el parque central de la ciudad... frente al reloj.

La vida militar le había aportado cosas buenas: disciplina, voluntad, y Ernesto fue puntual a la cita. Pasaron varios minutos y Raúl no llegaba, ya comenzaba a desesperarse cuando lo vio venir hacia el con pasos lentos y cabeza erguida... sonrió, se hizo el tonto como si acabara de llegar. El reloj anunció varios cambios de horas y ellos no las percibieron. Hablaron de muchas cosas: música, pintura, y hasta de la tardía llegada de los víveres a la bodega. Se despidieron muy tarde, cuando ya la noche caía sobre la ciudad.
Ernesto volvió a la beca entusiasmado, con una sonrisa de oreja a oreja, recordaba a Raúl con alegría, presentía que una atractiva amistad le aguardaba. Dedicó entusiasmo a todas las tareas que le orientaban los profesores, y tuvo el resultado esperado, un permiso por tres días.
Sin mucho pensarlo fue a la casa del amigo extravagante, “así le decía desde su intimidad”. Este al verlo se asustó porque no contaba con su visita, pero le sonrió y lo abrazó con fuerza. Después de contarse algunas cosas ocurridas durante los días que no se vieron, decidieron dar una vuelta por el centro de la ciudad. Raúl estaba más loco que nunca, vestía de verde, una combinación de camisa y jeans, los bolsillos del jeans los había adornado con galones dorados, era tan llamativa su apariencia que todas las personas que pasaban a su lado lo miraban, Ernesto sintió un poco de miedo, porque el traía puesta la ropa militar. La escuela era rígida y si alguno de sus compañeros lo veía, podía costarle una fuerte amonestación de la dirección de la escuela, pero no tenia fuerzas para decirle a Raúl que era muy extravagante con su modo de vestir
Raúl lo llevó a visitar el Bar Azul, que aún queda dentro del Motel “El Bosque”, a pocos kilómetros de la ciudad. Raúl con mucha desenvoltura pidió al camarero dos vasos con ginebra, Ernesto bebió lentamente, Rubén se bebió rápido la ginebra y pidió más. El corazón de Ernesto no latía, se había detenido, temía morir de un momento a otro. Raúl hablaba con fuertes conocimientos sobre la música que oían, jazz. Era fanático a esta música, tal parecía que bebía al compás de ella. Ernesto supo en ese momento que le sería imposible borrar de su vida aquella tarde,... se dejó llevar por el momento.
Ernesto regresó a su beca sin volver a ver al loco pintor, tuvo muchos deseos de llamarlo por teléfono pero estimó prudente no hacerlo, se trazó una meta, la de nunca volver a ver a Raúl.
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Pero pensamos una cosa y sucede otra. El nuevo permiso lo utilizó para ir a la playa. Fue muy temprano en busca del mar azul. Ya frente al mar respiró fuerte, profundo, llenando sus pulmones de aire. Nadó durante toda la mañana y la tarde, cansado se tiró en la arena cerca del mar, se quedó dormido. Cuando despertó ya era de noche, se disponía a irse a la casa, cuando sintió una voz conocida. Llevó las manos a los ojos, se los estrujó con fuerza, a pocos pasos vio a Raúl . Se puso en pie y Raúl lo descubrió. Raúl se acercó y le preguntó que hacía allí, Ernesto le respondió que disfrutando el mar. Rubén lo tomó por las manos, Ernesto no hizo resistencia y siguió al amigo al otro extremo de la playa. Allí Raúl le dijo, que mirara hacia el horizonte. Ernesto se deslumbró ante el maravilloso espectáculo que le regalaba la naturaleza, a lo lejos en la distancia que une al cielo y al mar apenas había una suave línea azul, y sobre ella el espectro solar, se sintió conmovido y le dijo al amigo que cosas así, sencillas y profundas llenaban su alma de amor. Raúl entonces le respondió que sabía de su ternura para valorar estas cosas, porque si no, nunca lo hubiera admitido como amigo. Se echaron sobre la arena , la noche cayó. Despertaron al contacto de los rayos solares sobre la piel, se pusieron de pie, se sacudieron la arena y las hojas de mangles secas que tenían sobre el cuerpo, rieron muy fuerte, se agarraron de las manos, y se metieron al mar.
Ernesto hacía tiempo que no tenia noticias de la ciudad, con calma y disciplina aguardó el momento de sus vacaciones.
Una tarde de verano llegó el momento deseado, lo primero que hizo fue ir a la casa de Raúl. Pero no fue Raúl quien abrió la puerta, ante el apareció la madre de su amigo muy triste, Ernesto se sobresaltó, después de saludarlo la señora le dijo, que su hijo se había ido a Miami.
Raúl no se había salvado del marasmo de la emigración. Ernesto corrió hacia el parque y se sentó en el banco que queda frente al reloj, sentía que algo se rompía, que algo fuerte lo golpeaba, ya la tarde no le parecía alegre, al contrario la desesperación había caído sobre él.
Se entregó a los estudios, hasta que llegó el día de su graduación. Lo aguardaban : la casa, sus padres, la hermana, nuevos momentos, nuevos amigos.
Conoció a un muchacho opuesto a Raúl, de origen campesino que había llegado a la ciudad con deseos de introducirse en la vida intelectual, pensaba Ernesto que después de conocer a Raúl era imposible que aquel torpe muchacho le pudiera ofrecer momentos, capaces de borrar la magia que había conocido al lado de su loco amigo, pero olvidarlo era su meta. Y se refugió en la amistad de Renato, Renato lo llevó al campo, a la casa de sus padres. Estos lo acogieron con mucho amor. La casa era bonita: las paredes de madera, techo de tejas rojas, piso también de madera. La madre de Renato arregló un cuarto para que compartiera con su hijo. Renato lo llevó a pasear por las tierras sembradas de girasoles, recogía algunos y se los daba con una sonrisa, Ernesto se sentía feliz. Renato no dejaba de sonreír, dio un suave empujón a Ernesto que lo tiró a la tierra mojada, luego se dejó caer a su lado, los girasoles se esparcieron en el aire. Ernesto acarició el pelo de Renato: revuelto, rubio, con un mechón blanco que le caía en la frente. Un Sinsonte dejó escuchar su canto.
La Habana fue otra situación para Ernesto, a ella había llegado con planes de adquirir conocimientos sobre diseño. Tuvo la oportunidad de trabajar en un Taller de Diseños. Allí conoció a un diseñador profesional, y mas tarde compartirían momentos importantes, juntos emprendieron el camino a México. México se abrió ante los amigos, México y los sueños que acariciaban. Ernesto después de pasar la crisis de la nostalgia se dio a la tarea de estudiar y pintar, porque él debía lograr sus deseos, hacer una buena obra pictórica.
Andy Warhol le sirvió de referencia, su punto de partida tuvo mucho que ver con la obra de este artista plástico, pero sabía que algo faltaba, que no acababa de llenar sus aspiraciones como artista.
Ernesto viajó a Francia y frente al Centre Pompidou, el Museo Nacional de Arte Moderno, tuvo la oportunidad de conocer la obra de la pintora belga Evelyne Alxell (1935-1972), en Le Centre Wallonie-Bruxeelles à Paris, sus pinturas lo motivaron a continuar. A Axell la llamaban "L´ Amazone Du Pop Art". Se deslumbró ante los cuadros de esta artista, -también lloró. Había encontrado lo que buscaba de niño cuando vivía en la pequeña ciudad en Cuba. La fuerza de la pintura de Alxell fue el brebaje mágico que necesitaba.
Las pinturas de Ernesto están nutridas por las experiencias adquiridas en estudios realizados a pintores POS MODERNISTAS, pero Ernesto le imprime su sello personal, el sello personal de sus vivencias, de su nostalgia por La Isla que navega en medio del Caribe- Cuba.
Ernesto aún espera con las manos abiertas que regrese a sus manos el Dragón que un día saltó y se escondió, no se sabe donde.

Gioconda Carralero Dominicis.
escritora cubana residente en México .

1 comentario:

  1. Ernestico, gracias por publicar en tu blog la crónica. Pero a medida que la trabajé, le arreglé un detalle: cuando se encuentran Ernesto y el loco pintor.
    Te la mando para que la veas, estimo es así como debe publicarse, ya que de esa manera estará en próximo libro.
    Gracias...no te llamo al celular porque no tengo salida a celular y el mío no tiene crédito.
    Gioconda Carralero Dominicis.

    Te invito a mi blog...www.giocondacarralero.blogspot.com

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